El Gran Misterio Parte 2: Por donde Comenzar
En el matrimonio hay tanto que
hacer, que no sabemos siquiera por dónde empezar. Y es justamente ahí cuando
Pablo nos dice: «Empiecen por lo básico pero fundamental, amando a su esposa
como Dios nos ha amado en Jesús, y todo lo demás vendrá por añadidura»,
«Pablo se dio cuenta de que al instituir Dios el primer matrimonio de la
historia de la humanidad ya tenía a Cristo y a Su iglesia en mente. De hecho,
es uno de los grandes propósitos de Dios en Su proyecto de unión entre el
sacrificio de Cristo y Su pueblo redimido.
Ese es el verdadero secreto,
que el evangelio de Jesús y la institución del matrimonio están
mutuamente relacionados.
¿Qué es entonces necesario para
que el matrimonio funcione? Conocer, desde luego, su secreto; esto es, su
íntima relación con el evangelio, y cómo este ofrece poder y ejemplo para la
relación marital. Así, la experiencia del matrimonio pondrá de relieve la
belleza y la profundidad del evangelio, fomentando con ello una plena confianza
por parte nuestra.
El matrimonio es el vehículo
idóneo para remodelar nuestros corazones de dentro hacia fuera, proporcionando
sólido fundamento a una vida compartida. El matrimonio es a la vez doloroso y
maravilloso por ser reflejo del evangelio, relación en la que se aúnan de forma
singular ambas cualidades. El evangelio revela una verdad sorprendente: somos
pecadores en una medida que no nos atrevemos a reconocer, y al mismo tiempo
somos amados y aceptados por Jesús como jamás pudimos imaginar.
El amor que no va acompañado de
la verdad es mero sentimentalismo; nos reafirma y nos da aliento, pero sin
hacernos reconocer nuestras faltas.
Los momentos duros y difíciles
del matrimonio pueden hacernos experimentar ese amor de Dios para
transformación, mientras que las experiencias positivas en pareja también
servirán para transformarnos humanamente.
El evangelio puede llenar
nuestros corazones con el amor de Dios, algo que nos ayuda a superar crisis de
pareja en las que nuestra esposa o esposo no nos ama como debería, con la
ventaja añadida de poder ver los defectos de nuestra pareja en su auténtica
dimensión, comentarlos y, aun así, amar y aceptar a nuestra pareja.
La marca final distintiva de la
plenitud en el Espíritu es, pues, la ausencia de orgullo y la renuncia al
propio interés, lo que lleva a querer servir a los demás con humildad y
deferencia.
Tenemos que aprender entonces a
servir primero a los demás, ayudados por el Espíritu, para poder hacer frente
con éxito a los retos y dificultades del matrimonio. Es por eso que es tan
importante una soltería consciente, el saber aprovechar este tiempo sabiamente
para formarnos en pos de tener un matrimonio que realmente glorifique al Señor.
Efesios 5:18 nos insta a
literalmente, «ser llenos del Espíritu», como algo necesario en nuestra
renovación de forma permanente. Sin la llenura del Espíritu Santo caminar de la
mano tan estrechamente con otro pecador no será una tarea fácil.
Los creyentes debemos aprender
por fin que el adorar a Dios con todo el corazón, teniendo la plena seguridad
de Su amor en virtud de la obra de Cristo, es lo que llena el depósito de
nuestra alma para vivir la realidad presente. De manera que, si lo que esperamos
es recibir esa llenura de nuestra pareja, cuando esto es algo que tan solo
viene de Dios, estaremos esperando lo imposible.
En Filipenses 2: 2-3, Pablo
afirma que los cristianos estamos llamados a, «con humildad, considerar
a los demás como superiores a nosotros mismos» esto quiere decir que
debemos tener en cuenta los intereses ajenos por encima de los nuestros.
Es una realidad, que nos cuesta
bastante en las relaciones con los amigos, la familia y los hermanos en la fe,
anteponer los intereses ajenos a los propios, buscando complacerles antes que
darnos gusto a nosotros mismos. Pero aplicar esos mismos principios a la
relación de pareja en el matrimonio significa ponerlos en práctica en su forma
más intensa.
De manera que tenemos tres
alternativas:
a. Se puede
servir al otro con alegría
b. Se puede
hacer con resentimiento
c. Se puede
insistir egoístamente en que impere la propia voluntad.
La primera alternativa es la
única que puede permitir que la relación de pareja perdure y prospere. Pero
¡cuán difícil y duro puede ser llegar a conseguirlo!
El mensaje cristiano de pura
gracia debería llevarnos a ser humildes y a entender que no servimos y
amamos a los demás por el beneficio que podamos obtener de ellos o por algo
especial que puedan tener, sencillamente los amamos y les servimos porque el
Señor ha hecho lo mismo con nosotros aun cuando estábamos muertos en delitos y
pecados.
Por eso, esa dificultad de poner
a los otros por encima de nuestros deseos y necesidades es lo que en verdad nos
enseña es que somos seres pecadores centrados en nosotros mismos.
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