El gran Misterio Parte 4: Tiempo de Amar
Parte de la relación estrecha que
tiene el matrimonio con la relación de Cristo y la iglesia es que en él se
puede ser plenamente conocido y ser verdaderamente amado, y esto por increíble
que pueda parecer, es muy parecido a ser amado por Dios.
La norma que rige para todos sin
excepción es extremadamente simple. No perdamos el tiempo planteándonos si
«amamos» a nuestro prójimo; actuemos de inmediato como si en verdad fuera así,
cuando nos comportamos como si amáramos a alguien, sucede que acabamos amando
de verdad a esa persona. Si afrentamos a alguien que nos desagrada, nos
desagradará aún más. Si la tratamos bien, el rechazo decrecerá…
En la sociedad actual, los
sentimientos son la base previa a todo comportamiento amoroso. Y esa puede ser,
sin duda, una verdad muy grande. Pero incluso es más cierto todavía que toda
acción realizada por amor puede acabar generando sentimientos genuinamente
amorosos.
Nuestra cultura exalta la pasión
romántica y, cuando las cosas se tuercen, lo primero que decimos es: «Si esta
fuera la persona idónea con quien casarme, mis sentimientos no serían tan
fluctuantes». Dejamos nuestras decisiones más importantes a merced de nuestros
sentimientos, en lugar de orientar nuestros sentimientos sobre la base de las decisiones,
mas importantes que debemos tomar.
En cualquier posible relación,
habrá momentos de angustiosa incertidumbre en los que los sentimientos parecerán
estar por completo ausentes. Y cuando eso suceda, será necesario recordar que,
en esencia, el matrimonio es un pacto, una alianza y una promesa de amor con
proyección futura.
¿Qué hacer, pues, a la vista de
todo esto? Sencillamente, llevar a cabo actos de amor, a pesar del presente
estado de ánimo. Puede, sin duda, que no sintamos afecto, ternura, simpatía o
deseos de agradar, pero, aun así, y pese a ello, las acciones tendrán que estar
presididas por el afecto, la ternura, la simpatía y el deseo de agradar y ser
de ayuda. Si persistimos en esa conducta, el paso del tiempo no solo te ayudará
a superar esos baches, sino que serán menos frecuentes y profundos,
incrementándose en cambio la constancia en los sentimientos positivos.
No podemos ver el matrimonio de
la forma en la que lo ve el mundo, como una relación comercial un “gana, gana”
en una relación comercial si los rendimientos no son buenos dejamos de
invertir. Si mi esposo no es el esposo que yo esperaba, sencillamente
dejaré de esforzarme por ser la esposa que debiera. Solución que parece
totalmente justa. «El ya no se comporta como solía. ¿Por qué yo he de hacerlo?
Si no estoy obteniendo lo que debería, no tengo por qué seguir invirtiendo en
ello». Y nos convencemos de que estamos haciendo lo justo y equitativo. Pero el
fondo es de mezquina revancha.
El hijo recién nacido es una
criatura que precisa todo posible cuidado y atención. Nos necesita cada minuto,
las veinticuatro horas del día, siete días a la semana. Haces enormes
sacrificios en tu vida y, aun así, esa criatura no te ofrece nada a cambio hasta
pasado un tiempo.
Aun así, tu sigues cuidándolo,
sustentándole y protegiéndolo, ¿por qué razón? Porque tienes un estrecho
compromiso con ese ser que acaba de llegar a tu vida, sin importar que recibas
a cambio lo darás todo por el bienestar de ese pequeño, bueno esa misma fórmula
de entrega es la que debemos aplicar en nuestro matrimonio.
La clave para entender la
relación que existe entre Cristo y la Iglesia y el matrimonio es esa, Cristo
nos amó, nos limpió, nos perdonó y nos sustenta aun sabiendo que nosotros somos
incapaces de darle algo bueno, sabiendo que continuamente le fallamos. Él nos
conoce plenamente, conoce nuestros errores, nuestras debilidades, nuestro
pecado, pero aun así nos ama.
De esa misma forma debe funcionar
nuestro matrimonio, con la misma entrega, capacidad de perdonar, de amar y de
esperar. Aun conociendo todas las debilidades, pecado y falencias que tenga
nuestro conyugué, soportando con amor y paciencia sus errores, sustentándole
física y espiritualmente, derramando sobre el todo aquello que a diario y sin
falta recibimos de Cristo.
¡El día que Cristo deje de
amar a su iglesia podrás dejar de amar a tu esposo!*
*Frase de Jhon Piper
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