lunes, 22 de junio de 2015

SEMBRANDO EL EVANGELIO EN EL CORAZON DE NUESTROS HIJOS


“Traigo a la memoria tu fe sincera, la cual animó primero a tu abuela Loida y a tu madre Eunice, y ahora te anima a ti. De eso estoy convencido”
2 Timoteo 1:5

Que viene a tu mente cuando escuchas nombres como Jocabed, Ana, María, Loida, Eunice?
A mi mente viene la imagen de piadosas mujeres que le creyeron a Dios y vieron en su hogar el más maravilloso ministerio. Los resultados de su labor fueron tan fértiles (no hablo de número de hijos) que han impactado generaciones hasta nuestros días.

Estas mujeres y muchas más, son el testimonio de Dios a nosotras, de la importancia y responsabilidad que tenemos en la formación espiritual de nuestros hijos; y es que si bien es el varón del hogar quien debe llevar la batuta en cuanto a la dirección y enseñanza espiritual, no podemos negar que la influencia y tiempo que tiene una madre para compartir con sus hijos es de vital importancia.

Si te detienes a pensar un poco en las enseñanzas que te han permitido ser quien eres, sin duda allí estará tu madre, fue ella quien con amor y cuidado te enseño a caminar, a pronunciar tus primeras palabras, a hacer tu cama, a preparar tu cereal, te enseño a cumplir con tus deberes, e incluso es quien hoy te enseña a cuidar de tu hogar y de tus hijos.

De manera que el papel de una madre en el hogar no puede subestimarse, pues es una tarea que no solo influencia a sus hijos sino a sus generaciones. Bien decía el poeta norteamericano William Ross Wallace: “la mano que mece la cuna es la mano que gobierna el mundo” pues la influencia o la ausencia de una madre en la crianza de un hijo es algo que indiscutiblemente tendrá una fuerte influencia en dicha persona.

La vida de muchos grandes varones de la escritura y muchos grandes hombres de la historia de la iglesia ha estado precedida de una madre piadosa que realizo su papel no buscando lo suyo propio, sino buscando la gloria de Dios.

Que hubiese sido de Moisés sin una madre que providencialmente le cuidara y le hablara de su verdadero origen, de su pueblo, de su historia. Quien sino ella para enseñarle quien era el Dios verdadero. Jocabed tuvo poco tiempo consigo a su pequeño Moisés, pero sin duda hizo un gran trabajo, sembrando en su corazón la semilla del evangelio.

Recordemos ahora al profeta Samuel, hombre de Dios encargado de juzgar a su pueblo. Samuel fue un ferviente deseo del corazón de Ana, su madre, quien se dedicó enteramente a aprovechar cada uno de los días (que también fueron pocos) que tuvo a Samuel consigo, ella le cuido, le amo y le instruyo, hasta que fue el tiempo de llevarlo al templo para cumplir con su promesa ante Dios.

María es otra de estas madres piadosas que hoy quiero recordar, joven e inexperta no dudo ni un instante en obedecer la voz de Dios, sin importar las consecuencias sociales, e inclusive sin importar que su vida estuviera en riesgo, sus palabras para Dios fueron: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra”. Lucas 1:38
María tendría el más maravilloso de los regalos al ser la mujer escogida para traer al mundo al hijo de Dios, pero este mismo regalo seria en algún momento tan doloroso que atravesaría su corazón, ella sin embargo, glorifico a Dios cuidando y amando a nuestro salvador.

Loida y Eunice son dos mujeres que sin duda son mencionadas en la escritura ya que nos muestran el impacto que tiene la enseñanza de una madre a sus hijos, Loida sembró la semilla del evangelio en su hija Eunice y esta a su vez lo hizo en Timoteo, Pablo rescata esta labor y la menciona en 2 de Timoteo 1:5, exaltando la labor sabia y maternal de estas dos mujeres.

Así mismo podría seguir mencionando muchas mujeres piadosas que vieron en su hogar el más grande ministerio y que pusieron todo su empeño en servir allí con excelencia, pero tristemente hoy debo acudir a ellas para señalar que hoy día hemos confundido nuestro deseo de servir al Señor, con el de sobresalir y buscar reconocimiento.

Muchas mujeres están delegando el papel más importante de su vida, por correr tras logros perecederos, y no me refiero únicamente a una mujer que prefiera su desarrollo profesional por sobre el cuidado de su familia, sino que hablo de aquellas mujeres que permeadas por el mundo descuidan su hogar corriendo tras el vacío activismo de muchas iglesias de hoy en día.

Muchas mujeres han seguido mordiendo la engañosa manzana de la liberación femenina, volviendo a ser esclavas de una competencia sin sentido con los varones, dejando atrás su diseño perfecto y glorioso, para jugar a ser como Dios, e inventar sus propias reglas dentro y fuera de la iglesia.

La gran mentira de satanás es hacernos creer que lo que Dios nos ha dado ha sido poco y que escondió de nosotros aquello que realmente era valioso.


Por eso muchas mujeres siguen buscando detrás de un ministerio o de un púlpito, el reconocimiento o “trabajo” que creen, Dios les ha negado, cuando en su hogar tienen la tierra más fértil en la cual sembrar la semilla del evangelio, El corazón de sus hijos.