lunes, 23 de febrero de 2015

El aporte de una Madre


Toda la vida y por la eternidad estaré agradecido a Dios por una madre que amó al Señor, oró siempre por sus tres hijos y nos encaminó a todos en el evangelio. Mi padre fue un hombre recto e íntegro, participante activo en la iglesia y muy fiel y responsable en la crianza de sus hijos. Pero mi madre era la motora espiritual de la casa durante los años de nuestra formación.

Me acuerdo cómo me hacía sentar al pie de su cama mientras me contaba historias bíblicas. También me enseñó a orar y confiar en el Señor. Frente a todo problema ella había aprendido que podía elevar su corazón a Dios y solicitar su ayuda y orientación, y me enseñó a hacer lo mismo. Me enseñó, además, que debía entregar al Señor siempre la décima parte de todas mis entradas, de modo que desde que percibí mis primeras ganancias, supe que la primicia era para el Señor.

Por aprender las cosas de esa manera desde la más temprana edad, me resultó habitual reconocer al Señor como el que me gobernaba y conducía. A los diez años de edad le entregué mi corazón a Jesús y me bauticé, para seguir el resto de mi vida en las filas de los seguidores de Cristo. Cuando conocí a la que es mi esposa descubrí que ella también había sido criada de la misma manera. Más aún, instruimos a nuestros hijos de la misma forma.

De modo que cuando leo las palabras del apóstol Pablo a su joven colega Timoteo, me resuenan en el corazón y en la memoria:
Traigo a la memoria tu fe sincera, la cual animó
primero a tu abuela Loida y a tu madre Eunice, y
ahora te anima a ti. De eso estoy convencido.

2 Timoteo 1:5

Desde tu niñez conoces las Sagradas Escrituras,
que pueden darte la sabiduría necesaria para la sal-
vación mediante la fe en Cristo Jesús.

2 Timoteo 3:15
En base a estos dos textos bíblicos quiero subrayar tres aportes de suma importancia que toda madre cristiana debe transferir a sus hijos. En primer lugar es EL LEGADO DE SU FE. Observemos que Pablo reconoce que la fe de Timoteo procedía de su madre, como también de su abuela. Por más particular y maravillosa que sea la experiencia de cada creyente con Cristo su Señor, debemos recordar que la fe no se inició en nosotros. La fe que me orienta a mí y a ti es la misma fe de los apóstoles Pedro y Pablo, la misma fe de Cristo Jesús y la misma fe de Abraham. Cada uno es responsable de desarrollar su fe y hacerla crecer y fructificar, pero no es original en nosotros.

Desde luego, ninguna madre puede obligar a sus hijos a creer, pero puede darles el hermoso ejemplo de su propia fe. Puede ponerla en práctica delante de ellos, confiando en cada instancia en el Señor que ella conoce y ama. Y —lo que es muy importante— puede ilustrar con su propia vida que en cada prueba o callejón sin salida, el Señor es su primer refugio y su última esperanza. De esa manera, con cada prueba su fe crecerá y también revelará a sus hijos que Dios es fiel. Cuando llegan los hijos a depositar en el Señor su fe particular, la madre puede celebrar el hecho de que ha transferido a esos hijos el legado más importante de su vida.

En segundo lugar, cada madre cristiana debe transferir a sus hijos EL FUNDAMENTO DE SU VIDA, que es la Palabra de Dios. Para eso tendrá que determinar ordenar su propia vida según las claras enseñanzas de las Sagradas Escrituras. Renunciará a vivir conforme a sus emociones y sus gustos, pues se dará cuenta que su vida tiene que ser transformada por la revelación que Dios nos ha dado en la Biblia y, muy especialmente, en Cristo Jesús, el Hijo eterno de Dios. Debe decidir temprano en la vida de sus hijos que les va a comunicar cada día la sana enseñanza que ella misma aprendió de la Biblia, la palabra de Dios.

En medio de una cultura donde la mayoría vive según sus sentimientos, sus deseos y sus ganas, hace falta una firme determinación de conformar la vida al plan divino revelado en las Sagradas Escrituras. Eso, precisamente, es lo que fundamenta una vida sobre la roca. No solo eso, sino que sobre ese fundamento sólido la vida se proyecta hacia el futuro y hasta la eternidad con claridad. En esa proyección podemos contar con la compañía y conducción del Espíritu Santo. De modo que ya no somos hojas sueltas en el viento o naves sin timón en alta mar. Una persona que tiene fundamento sabe quién es, por qué vive y para qué. Es un don maravilloso que la madre puede dar a sus hijos.

En último lugar, toda madre cristiana debe comunicar a sus hijos LA FORMACIÓN Y PROYECCIÓN DE UN SIERVO DE DIOS. Vale decir, que debe criar a sus hijos con la conciencia de que los está formando para Dios. A cada madre y padre Dios les da los hijos por unos años, a fin de que ellos los formen y eduquen para que luego lleven fruto para la gloria de Dios. No seamos muy posesivos con los hijos, pues no nos pertenecen para siempre. El Señor nos los ha prestado por un tiempo. Si en ese tiempo les damos la formación necesaria, durante el resto de su vida llevarán fruto para el Señor y serán instrumentos útiles en sus manos. Hagamos ese trabajo con fe y paciencia, pues es quizá la tarea más importante que tendremos en la vida.

Es necesario que como madres y padres confiemos en que el Señor nos acompañará y capacitará para la noble tarea de dar formación a nuestros hijos. Dios es fiel y nos dará gracia para cumplir con esta responsabilidad, para que algún día podamos ver a nuestros propios hijos criando a sus hijos de la misma manera. Así crecerá la familia de Dios en toda la tierra.

PARA PENSAR Y CONVERSAR

• ¿De quién aprendiste primero del amor y gracia de Dios en Cristo Jesús?

• ¿Qué es la lección más importante que aprendiste de tu madre?

• ¿Qué consideras como la manera más efec􏰀tiva de comunicar la fe a los hijos?

Orville E. Swindoll